Dicen que las despedidas no duelen en el momento del adiós, sino días después, cuando buscas a esa persona con la mirada y ya no está.
Mi memoria conserva, como si hubiera sido ayer, lo que sucedió aquella tarde de mayo.
Ese día todo fue distinto: el ambiente, el ruido, la masa caminando hacia el estadio; todo estaba cubierto de una nostalgia del presente, como diría Borges, porque era su último baile en casa.
Kroos se despidió del Bernabéu con la gente rendida a él. Entre lágrimas y aplausos, el madridismo vio al 8, al hombre de las zapatillas blancas, dar pases y organizar el juego con la misma clase que puso de manifiesto desde el primer día que vistió de blanco.
“Árbitro, no pites el final que se nos va Kroos”, se leía en varios carteles dispuestos en la grada. Contrario al clamor de la afición, esa noche el principal puso punto y final al encuentro y el corazón de muchos se quebró ante el adiós del tempista germano.
A pesar de la frialdad de su personalidad, rasgo típico de un tipo que desactivaba bombas sobre el terreno de juego sin equivocarse entre cortar el cable azul o el cable rojo, Kroos no ocultó sentimiento alguno ante su gente mientras daba una vuelta de honor acompañado de sus hijos. Detrás de él, como los espartanos que escoltaban a Leonidas, sus compañeros le seguían aún incrédulos del momento que estaban viviendo.
“Árbitro, no pites el final que se nos va Kroos.”
Todavía me cuesta asimilarlo: Soy un afortunado porque vi desde el fondo norte del Bernabéu la mano de Toni diciendo adiós.
Creo que los recuerdos tienen banda sonora y al pensar en ese día se me viene a la mente la melodía que Leonard Cohen le compuso a Marianne:
“Now so long, Marianne, it’s time that we began
To laugh and cry and cry and laugh about it all again”.
Porque sí, el legado de Toni Kroos será imborrable y eterno, así como sus brazos en alto en Cardiff o la frase “el Madrid siempre vuelve” ya es parte del imaginario merengue.
Hoy el madridismo lo echa de menos porque ha quedado huérfano de un futbolista único y excepcional, capaz de ordenar el caos y ejecutar jugadas que pueden ser exhibidas en el Louvre.
So long, Toni: Es tiempo de que empecemos a reír y a llorar, a llorar y reírnos de todo otra vez.








