De infarto: ver a Chile bicampeón solo en Europa

Primera vez en París. Todo muy lindo y espectacular, pero mi única preocupación era, adónde iba a ver el partido de Chile

Estábamos en plena Copa América o Centenario, como le llamaron los gringos. Veníamos de ser campeones por primera vez, de ganarle 7-0 a México en cuartos de final y eso nos tenía ilusionados a todos.

 

Tocaba jugar con Colombia. Por la diferencia de hora el partido sería a las dos de la mañana. Por esta razón, disfruté muy poco la visita al Louvre. Me importaba mucho más saber dónde vería el partido y cómo estaban los jugadores que la Mona Lisa.

 

Luego de caminar por horas, en una callecita parisina vi un cartel de Quilmes. Pensé, si es un bar argentino seguro dan el partido. Al entrar me atendió un garzón con una bufanda de Maradona, yo con un buzo de Chile. Mientras me hablaba, en una mesa del fondo, estaba sentado un campeón del mundo francés.

 

– ¿Ese es Trezeguet? 

– Sí, siempre viene a comer asado aquí. 

 

Trezeguet se puso de pie y caminó hacia el baño, enganché y lo fui a buscar. No me saqué ninguna foto con él, solo le pregunté si Chile iba a salir campeón. Me respondió: van a ser campeones del mundo.

 

Encontré en Facebook un grupo de chilenos que vería el partido en un bar al otro lado de la ciudad, así que me mentalicé para verlo solo esperando que el wifi del hostal no me fallara.

 

A las 1:45 sonó el despertador. No había dormido nada. Me instalé donde llegaba mejor la señal.  Estaba todo en silencio. Solo me acompañaba el Ipad, una taza de café, una bolsa de tabaco y un montón de ilusión

 

A los 15 minutos Chile ganaba 2-0. Empezaba a calmarme. Cerca de las tres de la mañana, hora de París, en Chicago se desató una tormenta eléctrica y demoró el partido por casi 2 horas. A las 07:30 me pasarían a buscar para ir a conocer Versalles.

 

Logré dormir un rato. Al subirme al bus me di cuenta que el chofer era colombiano. Le pregunté por el partido, pero no le gustaba mucho el fútbol. No seguí la conversación y dormí todo el camino.

 

Ya estábamos en la final. Contra Argentina otro año más. Se jugaría el domingo 26 de junio y según mi calendario de viaje estaría en la Costa Brava en España. Algún chileno encontraré, eso pensé.

 

En Tossa de Mar, una cala en Cataluña histórica y hermosa, no había nadie con camisetas de fútb,l ni menos un barcito para ver el partido. Pregunté en el hostal… Y nada. En la playa, me esforcé en escuchar el acento de las personas. Ningún sudaca. Al parecer, vería la final contra Argentina solo.

 

En España ese domingo eran elecciones. Ni idea de qué. En New Jersey se jugaba la gran final.

 

Hizo mucho calor ese día. Fui temprano a la playa con una camiseta de Chile para ver si alguien me decía algo sobre el partido. No encontré a nadie. Me crucé con un mexicano que agachó la mirada ¿Será por el 7-0? En la tarde caminé por el pueblo esperando encontrar el tan ansiado bar que diera el partido. Nada. Me resigné. En el supermercado compré un pack de Estrella Damm, más tabaco y a cargar el Ipad que se me venía una final desde el balcón del hostal.

 

Nuevamente, el partido a las dos de la mañana. No me atrevía a subir mucho el volumen. Me instalé en una mesita plástica para sufrir una vez más.

 

Un partido para el infarto, como siempre son contra Argentina. Claudio Bravo nuestro salvador. Se empezaba a notar el miedo de los argentinos por perder una nueva final, sobre todo con la presión que tenía Messi. 

“Eran las cinco de la mañana, estaba solo en un balcón… pero nunca me sentí tan acompañado.”

El partido terminó 0 a 0 ante más de 80.000 espectadores, la mayoría argentinos. Me paré a respirar profundamente. Ya no me quedaba cerveza, había fumado mucho, y no podía estar sentado por los nervios. A penales una vez más. 

 

Empieza Vidal y la manda a la mierda, perdón, pero así fue. Se viene Messi y … ¡Afuera! Mi corazón, a mil. Seguíamos empatados. Se venía Biglia en Argentina. Yo al menos no lo conocía. Bravo se lo come con la mirada. Chile arriba. 

 

Respiré. Miré desde el balcón como el pueblo dormía mientras mi corazón iba a estallar. Último penal de Chile. Era ese y nuevamente campeones. Fue el Gato Silva. Miré al cielo mientras escuchaba el relato y con un cansado pulmón grité ¡Gooool! ¡Goooool! ¡Vamos! ¡Chile Bicampeón! Eran las cinco de la mañana y nadie celebró conmigo. Grité más fuerte un Ceacheí. Hasta que a lo lejos se prendió una luz y escuché: ¡Qué te duermas, gilipollas!






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