Aníbal Mosa logró lo que llevaba años buscando: el control de Blanco y Negro. La compra de acciones que supera el 50% de la propiedad le permitirá dominar el directorio y, en la práctica, tomar todas las decisiones estratégicas de Colo-Colo sin necesidad de negociar con otras facciones internas. Y ahí aparece la verdadera discusión.
Porque el debate no pasa solamente por quién controla el club, sino por qué ocurre cuando una sola persona concentra el poder durante casi una década en una institución tan grande, tan política y tan emocional como Colo-Colo.
Desde ahora, Mosa tendrá la capacidad de elegir a la mayoría del directorio y gobernar sin contrapesos reales. Eso, naturalmente, puede acelerar la toma de decisiones. Se terminan las disputas eternas, las negociaciones internas y los bloqueos corporativos que durante años marcaron la administración de Blanco y Negro.
Pero la velocidad con que se tomen decisiones no garantiza ni calidad ni eficiencia. La gran incógnita es si Colo-Colo verá una versión “2.0” de Aníbal Mosa: un controlador más maduro, más estratégico y más eficiente, o si se repetirá el patrón de sus anteriores periodos como presidente, marcados por resultados deportivos irregulares, conflictos internos, cuestionamientos administrativos y decisiones de alto costo que no lograron consolidar un proyecto sustentable en el tiempo.
“Durante los próximos nueve años, el éxito o el fracaso tendrán un solo rostro visible.”
La conformación de la nueva mesa del Directorio, da luces de querer buscar manejo político por sobre todo, pero habrá que esperar en qué ayuda eso a Colo Colo y al mismo Anibal Mosa ¿El Directorio simplemente serán personas totalmente alineadas con las ideas y gustos de quien lo designa o harán su aporte desde su experiencia personal?
En lo deportivo, durante sus anteriores administraciones, Mosa apostó reiteradamente por jugadores históricos, de trayectoria y salarios elevados. El problema es que esas apuestas no se tradujeron en éxitos internacionales relevantes ni en una consolidación financiera consistente. Colo-Colo siguió atrapado en una lógica muy común en Sudamérica: altos ingresos, altos gastos y baja capacidad de generar valor sostenible para el futuro del Club.
A eso se sumaron episodios mediáticos complejos, como las irregularidades detectadas en
la obtención de licencias de conducir para jugadores del plantel profesional durante su
presidencia. Situaciones que, aunque no definan completamente una gestión, sí terminan
afectando la percepción institucional y la imagen corporativa del club. Pero quizás el cambio más profundo no tiene que ver con Mosa, sino con el nuevo rol del Club Social y Deportivo Colo-Colo. Con un controlador absoluto, el Club Social pierde prácticamente toda capacidad de influencia real sobre las decisiones estratégicas de Blanco y Negro. Podrá emitir declaraciones, criticar, apoyar o desmarcarse públicamente, pero difícilmente podrá alterar el rumbo corporativo del club.
Eso obliga al Club Social a enfrentar una realidad incómoda: durante años ha funcionado más como un actor reactivo que como una alternativa real de gobernanza, además de enfrentar serios
problemas de representatividad y de gestión financiera. Ahora, con Mosa consolidado, tendrá que redefinir completamente su rol si quiere seguir teniendo relevancia dentro de
Colo-Colo ¿Seguirá el Club Social con la misma dinámica y gestión errática de las últimas décadas o se preparará para, en nueve años más, disputar el control de Blanco y Negro de manera profesional, honesta y con altura de miras?
En el fondo, el escenario actual transforma a Colo-Colo en un experimento clásico del fútbol moderno: el club manejado por un controlador dominante. La experiencia internacional y local demuestra que ese modelo puede producir tanto gloria
como enormes crisis. Ahí aparecen casos emblemáticos como Silvio Berlusconi en el AC Milán o Roman Abramovich en el Chelsea FC. Ambos construyeron proyectos ganadores, invirtieron millones, conquistaron Champions League y quedaron asociados a los períodos
más exitosos de sus clubes. Pero el tiempo también mostró el otro lado del modelo: conflictos de interés, cuestionamientos y comisión de actos ilegales, una dependencia excesiva del controlador y
estructuras poco sostenibles sin la figura y dineros del dueño. En Chile también existen ejemplos similares. Carlos Heller llegó al control de Club Universidad de Chile prometiendo una nueva etapa para el club, pero los malos resultados
deportivos y financieros terminaron deteriorando rápidamente su legitimidad hasta salir del proyecto dejando pérdidas millonarias. Luego, ya sabremos lo que pasará con las personas que continuaron a Heller, los “Sartor Boys”.
En el fútbol, el poder absoluto rara vez genera consenso permanente.
Los controladores son tolerados mientras ganan. Mientras los resultados acompañan, las críticas se reducen, los conflictos se silencian y las dudas pasan a segundo plano. Pero cuando la pelota deja de entrar, reaparece todo: las críticas al modelo, los cuestionamientos al dueño y a su equipo de trabajo, las dudas sobre la sustentabilidad financiera y los cuestionamientos al hecho de que una sola persona defina el destino completo de una institución deportiva. A todo lo anterior, se suma la “caja de resonancia” de Colo Colo, donde tanto hinchas como medios de comunicación amplifican exponencialmente cualquier situación que suceda al interior del cuadro popular.
Por eso, el verdadero examen de Aníbal Mosa no será financiero ni societario. Será futbolístico. Porque durante los próximos nueve años, el éxito o el fracaso tendrán un solo rostro visible, y eso, en el fútbol, suele ser tan poderoso como peligroso.







