Pasaron apenas dos fechas de la Liga de Primera 2026 y la nueva Universidad de Chile de Francisco Meneghini deja más dudas que certezas.
El contexto institucional del club es delicado. Las disputas legales que involucran al presidente y a parte del directorio de Azul Azul mantienen un ambiente tenso fuera de la cancha. Pero lo deportivo tampoco da tregua. Tras el impulso que significó el ciclo de Gustavo Álvarez —quien logró devolverle al hincha la ilusión de competir arriba después de años donde la prioridad era simplemente no descender— la U vuelve a pararse en una temporada con una exigencia clara: pelear el título.
Meneghini no llega para reconstruir. Llega para capitalizar lo construido. Y la vara está alta: salir campeón.
El currículum y la apuesta
Paqui, pese a su juventud como entrenador, tiene recorrido. Dirigió a Unión La Calera, Everton, Audax Italiano y O’Higgins. Fue parte de los cuerpos técnicos de Marcelo Bielsa y Jorge Sampaoli en la selección chilena, e incluso acompañó al casildense en Argentina. También tuvo un breve paso como entrenador principal en Defensa y Justicia.
Su formación es bielsista: protagonismo, presión alta, posesión, amplitud por bandas y vocación ofensiva. Esa identidad la ha defendido en cada club que dirigió.
El problema no es la idea. El problema han sido los resultados.
Su mejor campaña reciente fue en 2025, cuando terminó tercero en un torneo marcado por la irregularidad general —con excepción de Coquimbo—. Más allá de ese año, hay que retroceder hasta su primer ciclo en La Calera (2018–2019) para encontrar un rendimiento superior al 50%, alcanzando un 51% en 32 partidos dirigidos.
Ese es el currículum que hoy lo pone al frente de la oportunidad más importante de su carrera. Para él, una vitrina internacional. Para la U, una apuesta riesgosa.
Porque dirigir un club grande no es lo mismo que dirigir un club competitivo. Es otra presión. Otra exposición. Otra obligación.
“Lo más alarmante no fue la derrota: fue la renuncia prematura a su identidad.”
Fortaleza clara, inicio dubitativo
La mayor virtud de Meneghini es su claridad conceptual. Sabe cómo quiere jugar. No improvisa su discurso. Además, conoce el fútbol chileno al detalle.
Pero el arranque ha sido preocupante: empate y derrota en dos fechas.
El debut ante un débil Audax Italiano dejó una sensación extraña. Tres tarjetas rojas (una revocada por el VAR) por la misma infracción en distintos momentos del partido. Pese a ello, el equipo pudo y debió ganar. No por nada, Franco Calderón habló de “dos puntos perdidos” más que de uno ganado.
El verdadero ruido llegó en la segunda fecha, ante Huachipato.
El quiebre ante Huachipato
En Talcahuano, Meneghini abandonó su habitual 4-3-3 o 4-2-3-1 para replicar un esquema de cinco defensores similar al utilizado por Álvarez. Además, centralizó el juego ofensivo, prescindiendo de los punteros abiertos que históricamente han sido clave en su modelo.
El resultado fue una derrota clara.
Un ataque sin profundidad ni variantes.
Una defensa desordenada que hizo agua por varios sectores.
Y un arquero Castellón sosteniendo lo que pudo.
Lo más alarmante no fue el resultado. Fue la renuncia prematura a su identidad.
Un técnico que llega prometiendo fútbol ofensivo, reconocible y con guiños sampaolistas —algo que seduce naturalmente al hincha azul— no puede abandonar tan rápido su libreto ante el primer golpe.
¿Dudas prematuras o alerta temprana?
Es cierto: quedan muchas fechas. Dos partidos no definen una temporada. Y la propia historia de Meneghini indica que sus procesos suelen mejorar con el tiempo.
Pero también es cierto que la paciencia en la U se agotó hace rato.
La Universidad de Chile no está en reconstrucción.
No está en transición.
No está en aprendizaje.
La U este año tiene la obligación de bajar la estrella 19.
Y cuando la obligación es tan explícita, el margen para experimentar se reduce al mínimo.








